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Todos los días al levantarnos necesitamos lavarnos, bañarnos, cepillarnos los dientes, eliminar los residuos que deja nuestro cuerpo, las células muertas, la grasitud que creamos. Nuestro cuerpo es materia, y la materia se transforma, parte de ella se degrada permanentemente y nuestro cuerpo necesita limpiarse y mantenerse.

Nuestro hábitat también se degrada, la materia se gasta o se cubre de tierra y residuos propios y ajenos. Nuestra casa es la extensión de nuestro cuerpo físico y cuidar y mantener en buen estado nuestra casa equivale a cuidarnos y amarnos a nosotros mismos.

Les propongo hacer un recorrido mental por nuestra vivienda, mirando cómo la limpiamos, cómo la mantenemos, si estamos atentos a su necesidad, si respondemos rápidamente a cada deterioro, si queremos mirar lo que ocurre con el paso del tiempo, si enfrentamos rápidamente los arreglos que nuestra casa nos pide a gritos. O si, por el contrario, nos dejamos estar.

Analicemos ahora un día cualquiera de nuestra vida y miremos qué atención le damos a nuestro cuerpo y qué atención le damos a nuestra casa. Ambas tareas están permanentemente relacionadas entre si.

Por ejemplo: cocinamos para comer y dar energía a nuestro cuerpo, y luego tenemos que limpiar lo que ensuciamos. Este momento está claro para todos. ¿Pero qué pasa con el resto de la casa? ¿Qué nos pasa si se rompen los caños, hay filtraciones en el techo, la humedad sube por las paredes u ocurre algún otro desperfecto?

Si el desperfecto permanece mucho tiempo, afectará nuestra salud, no sólo por el efecto directo de la humedad en la vivienda, sino por el deterioro físico y emocional que sufrirá nuestro ser como réplica de ese “cuerpo físico ampliado” que es nuestra vivienda.

Arreglar y limpiar diaria o periódicamente nuestra vivienda es el equivalente al cuidado permanente que requiere nuestra persona.
El trabajo físico ha ido perdiendo popularidad con el paso del tiempo. Hace 30 o 40 años, las mujeres desarrollaban diariamente una sana energía física en la limpieza y el mantenimiento de sus casas. Con la mecanización y delegación de muchas tareas del hogar, sólo los sectores más pobres de la población siguen practicando ese sano trabajo matinal.

Ocuparnos personalmente de nuestra casa nos ayuda a apropiarnos de nuestro cuerpo físico y de su necesidad. Los especialistas recomiendan, en momentos de gran confusión emocional, limpiar y ordenar nuestra vivienda, ordenar y limpiar nuestro cuarto. Deshacernos de las cosas inútiles y viejas puede traer tranquilidad a nuestra mente y a nuestro espíritu.

La limpieza y el mantenimiento de nuestro hábitat no se limita sólo a cuidar nuestra casa y nuestro parque; también somos parte de las calles y los lugares públicos que diariamente recorremos. Ensuciar una calle con una lata, contaminar el ambiente quemando hojas y basura, también es ensuciarnos a nosotros mismos.

Aunque no queramos mirar, la basura está, los caños tapados están, el aire contaminado está, las inundaciones están. Una vida saludable sólo puede darse en un hábitat saludable, respetando a nuestros vecinos y respetándonos.

Todos somos uno y cada pedacito de tierra que mantenemos día a día también ayuda a que este Planeta tan dolorido y contaminado, se mantenga un poco mejor, se vigorice un poco más y nos amemos un poco más.


Nota publicada en la Revista Testimonios, Nº 45, julio 1998 en Ingeniero Maschwitz, Provincia de Buenos Aires. Actualizada en 2007 para “Sinérgico” Negocios inmobiliarios, publicada en la Revista INFO Escobar